sábado, 12 de noviembre de 2016

Días marcados





Hoy pienso en las guerras y en aquellas destrucciones desde fuera invisibles que a cada uno de los hogares llevan consigo, dejando nada más que una incertidumbre y una paz destrozada en pedazos. Hoy día, de un entorno de mi vida de antes, mi otra vida, no conozco a ninguna familia, incluyendo la mía, cuya vida no habría sido dividida en un “antes” y en un “después”. Cada historia es diferente pero una cosa la tenemos todos en común: una comprensión de que la vida y la salud son lo que se debe agradecer diariamente, el resto es una ilusión efímera de la estabilidad. Hoy, el día, cuando me he dado cuenta de que no hay vuelta atrás a aquellos sitios donde no se ha quedado nada más que unos trozos bombardeados de recuerdos. En cualquier caso, dicen que todo final es un comienzo, al menos pensar así tranquiliza y mientras que estemos vivos siempre miraremos para adelante...
 "Lo único de lo que hay que tener miedo en este planeta es de un ser humano" Carl Gustav Jung.

lunes, 7 de noviembre de 2016

Ecos de la decadencia



El frío otoñal ha llegado sin avisar. Y aquí estamos en estos días acogedores que invitan a entregarte plenamente a contemplar pensamientos o a aprovechar para darles forma para que un día por fin puedan llegar a ver la luz, o más bien reposar en una sombra de las realidades a las que finalmente me atreveré a tocar en voz alta. Por más que vaya avanzando en mis esbozos, voy contemplando este proceso místico que es escribir, que requiere un estado, tanto emocional como mental, muy especial y receptivo. 

En mis momentos de estos días me ha hecho una buena compañía un precioso libro “Biografía del Silencio” de un sacerdote y escritor madrileño Pablo d'Ors en el que me he tropezado con una bonita comparación del proceso de meditación con algo que los chinos llaman wu wei lo que significa hacer no haciendo. Podría ser una perfecta definición de lo que es escribir que casi parece ser un auténtico meditar: “Wu wei consiste en ponerse en disposición para que algo pueda hacerse por mediación tuya, pero no hacerlo tú directamente, forzando su arranque, desarrollo o culminación. Lo único necesario para esa entrega es estar ahí, para captar de este modo lo que aparezca, sea lo que sea”. 

Escribir requiere un esfuerzo, tiempo y valentía para poder desnudarte ante un esperado y deseado lector, pero también requiere un enorme atrevimiento para poder aguantar esta mirada que vas dirigiendo hacia dentro de ti, sumergiéndote en las realidades y verdades más profundas de tu ser, obligadas a ser rescatadas para dar materia y veracidad a tus juicos. Tanto tiempo iba a ponerme a escribir lo que hoy día decido sacar a la suferficie, tantas veces iba buscando unos párrafos menos “peligrosos” para cumplir con el compromiso conmigo misma pero sin caer en los estados que al tratar unos temas de semejante dureza parecen ser inevitables, pero lo dejaba cada vez nada más que al comenzar. Dicen que es difícil aguantar una mirada firme y directa del otro, yo diría que lo más difícil es aguantar mirarte a tus propios ojos y ser sincero contigo mismo, sacar del fondo las realidades que cuesta aceptar. Sigo afrontando momentos en los que se quiere dejar el bolígrafo, los impulsos de negación y rechazo de hablar lo que preferiría callar, momentos de la lucha interior provocada por mi positivismo innato que insiste en quitar de mis líneas ese toque decadente que matiza mis páginas de color de los cielos lluviosos de los días otoñales. 

Es curioso que por más que leo a los escritores decadentes en los que tal vez encuentro una especie del consuelo, más creo comprender la naturaleza de estos estados míos, de estas transformaciones interiores que voy observando en mí a cada paso. Igual que cualquier percepción del mundo marcada por la decadencia, toma sus raíces iniciales en la abundancia y la saciedad, así creo y esas rachas mías (que no sé bien si son provocadas por las vibraciones del otoño o son algún rasgo característico o costumbre que se me ha quedado de recuerdo de mis tierras) vuelven su mirada hacia aquellas etapas de mi vida en las que todo se estaba moviendo, al fin y al cabo, entorno de la satifacción de mis propios deseos y necesidades. Pero como nos suele pasar a todos, incluso en aquellas etapas despejadas no siempre me conformaba con lo que tenía y con lo que estaba a mi alcance para disfrutar plenamente, hasta el momento cuando el equilibrio ya se había sido perdido junto con esa estabilidad ilusoria que nos hace pensar que así va a seguir siendo siempre, hasta cuando de repente, un día, nos despertamos frente a una abrumadora realidad del presente que se distingue radicalmente de lo pasado. 

Y es cuando, sea como sea, acumulando las últimas fuerzas, comenzamos a agarrarnos mentalmente a lo que ya no está, renunciando aceptar un hecho de que en realidad no todo se somete a nuestro control. Vivimos nuestras vidas firmamente creyendo en que todos nuestros esfuerzos se convierten en un sólido fundamento que nos servirá de una buena garantía de la seguridad en el día de mañana. Y así seguimos hasta el momento cuando, muy inesperadamente y sin que nadie nos avisara, ya no tenemos otro remedio que asumir que las circunstancias a veces pueden llegar a ser más poderosas que nosotros. Y es entonces cuando viene el miedo, cuando tomamos conciencia de lo que cualquier cosa que hagamos o consigamos, y por más firme que nos parezca este fundamento que contruimos para nuestro futuro con tanta persistencia, no existen ningunas garantías de que una tormenta de las circunstancias vitales no romperá en añicos todo aquello por lo que hemos luchado, sin dejar ni unos trozos de los que podríamos reconstruir al menos algo parecido a lo que nuestra vida era. 

La literatura nos ofrece múltiples ejemplos de un tal “héroe decadente” cuya decaída mental toma sus raíces en las etapas extremadamente hedonistas de su vida, luego se produce un momento crítico que llega a ser un punto crucial que provoca cambios en su percepción del mundo. Pero, tal vez, esas tendencias decadentes no es una crisis de un modo de pensar en sí, como parece a primera vista, sino un modo de pensamiento que refleja el estado crítico en el que se encuentra el mundo exterior que le rodea. En algún sentido, es un modelo especial de un mundo interior, un conjunto complejo del espíritu y de los estados de animo, un conjunto bastante heterogéneo, pero no privado de la unidad interior, que en fin es nada más que una reacción de autodefensa.

Lo mismo pasa con el decadentismo como un concepto cultural,  un fenómeno universal que se puede desarrollar en algún momento en cualquier sociedad, en cualquier cultura, todos pueden coger esta enfermedad de la sobresaturación. Y no se puede prever ni el momento exacto, ni el año, ni una década... la historia muestra que cualquier fenómeno manifestado en el tiempo en algún u otro momento queda marcado por una estampa de la decadencia. Sus picos siempre suelen coincidir con los momentos transitorios y son estas etapas frágiles que se convierten en un suelo fértil para los estados de animo decadentes que una vez penetran en el fondo de un pensamiento, revuelven todo, estipulan su propio órden y ponen en marcha una profunda revisión de valores. En otras palabras, una sociedad comienza a sentir necesidad en la decadencia cuando una época ya ha consumido todas sus posibilidades y la otra todavía no ha nacido, cuando todo lo pasado no se ha destruído por completo y todo lo nuevo, lo vivo, no se ha creado y no se ha consolidado aún.   

Pués tal vez es una especie de la reacción de defensa psicológica a un vacío que aparece entre estos dos puntos en una coordenada de la vida? Sabemos que en el fondo de cada visión decadente está el rechazo de la realidad, aquel famoso rechazo por el que los críticos tantas veces reprochan a los clásicos más decadentes. Pero, sea como sea, lo más importante es que en el fondo de este rechazo, a pesar de ser un acto más destructivo para él que lo genera, no está una protesta como un objetivo propio, no es un rebelión por rebelíon, sino tal vez nada más que lo trágico de la percepción hipersensible del mundo de aquel que tarda en digerir (o aceptar) lo absurdo de la existencia humana. No obstante, todos tendemos a sobrevalorar los sucesos dramáticos cuando no queda otra cosa que convertirlos en algo que supuestamente nos debe llevar a otros niveles de la autoconciencia y la comprensión.

Así son las reflexiones con el sabor a otoño que en estos días soleados como hoy no deja de ser bonito e inspirador...




sábado, 29 de octubre de 2016

Arma más potente

Contra las absurdidades, adversidades de la vida y la estupidez humana a veces sólo hay un remedio: un buen sentido de humor.

miércoles, 26 de octubre de 2016

lunes, 24 de octubre de 2016

Sobre el poder de los deseos


“Los sueños se cumplen allí donde creen en ellos”, así decimos en mis tierras. Llevo unos días raros que me hacen volver a reflexionar sobre la importancia de soñar. Sin haberme atrevido a soñar un día, no habría estado donde estoy, pero cuantas veces nos paramos y no avanzamos en algo sólo porque las leyes de la realidad (de hecho, ¿dónde están escritas?) nos dicen que este algo es imposible, sin darnos cuenta de que en realidad todo es posible, lo imposible sólo puede tardar un poquito más en llegar. Pero lo más curioso es como se cumplen los deseos. Muchas veces digo que si existe ese el Universo, pues tiene un buen sentido de humor. Tal vez, a la hora de pedir un deseo, se trata de formularlo con toda la claridad, especificando detalles, plazos o lugar de entrega, como si hicieramos un pedido a domicilio. 

Estos días, uno de los deseos de mi infancia quisó cumplirse de una manera tan inesperada que ya nisiquiera me acordaba de que un día muy lejano había pronunciado aquel deseo en voz alta. Me lo  ha recordado hoy mi madre quien a mis cinco años (¡!) me llevó a un círculo teatral de nuestra ciudad que me aceptó y en cuyo escenario hice mis primeros papeles en unos espectáculos infantiles. Fuí una Caperucita Roja, una Blancanieves, uno de Los Tres Cerditos, e incluso (graciosamente) un mono de "Maugli". A mis catorce años formé parte del grupo teatral del colegio donde estudiaba con el que hicimos unas pequeñas giras por la región. Lo curioso de la vida es que mi deseo pronunciado incluso se quedó grabado, en un vídeo de despedida del bachillerato, cuando antes de comenzar un nuevo camino universitario, nos hicieron una especie de la entrevista para memorizar el momento. Y ahí, a una pregunta clásica “qué es lo que te gustaria llegar a ser?” contesté lo siguiente: 

“Sé que voy a estudiar filología que me apasiona, sé que haré todo para conseguir organizar mi vida profesional tal como la veo yo, sé que un día llegaré a conocer ese país cuya lengua curiosamente hablo, sé que intentaré llegar a ser una buena profesora, pero no sé si un día tendré oportunidad de realizarme en el escenario teatral, lo que me gustaría mucho hacer. Bueno, la vida dirá” 

Tenía 16 años recien cumplidos. Mis palabras se quedaron grabados en uno de esos vídeos (y por lo visto en el Universo) que una vez vistos tras unos años y décadas, te provocan una risa cariñosa. Hasta hoy día, en ningún momento de mi vida me acordaba de aquel episodio, nunca he vuelto a pensar en el teatro, ni volvía a recordar aquellos deseos inocentes. Y es curioso como la vida te hace recordarlo, como si te pusiera frente al espejo en el que puedes verte a ti, con todos tus deseos, ilusiones y sueños olvidados. 

Hoy, cuando me entregaron (practicamente a fuerza) el guión nisiquiera estuve nerviosa, nisiquiera sabía qué (y cómo) hacer con este trozo de papel. Me estaba divertiendo. Y no tengo ni menor idea de cómo he conseguido interpretarlo de una manera que no me echaron del escenario. No sabía ni donde hacer pausas, ni escalaciones de intonación, cada vez repitiendo a esa gente (que nisiquiera me he dado cuenta de como ha aparecido en mi vida) que no voy a poder, que se equivocan, que no es lo mío, que no tengo ningunas capacidades, pero es como si no me hubieran escuchado nada y no tuve más remedio que dejarme llevar. Y lo hice. Y me pidieron que siguiese...

Siempre me sorprende la capacidad de la mente que es capáz de guardar información en algún cajón del olvido hasta un momento dado cuando te ves en una situación de aplicar lo aprendido. Así hasta he recordado un trabalenguas que, siendo chiquillos, nos hacían repetir cada vez antes de actuar: 

“ot tópota kopít pil pó polu letit”

Y una vez acabado el texto, tuve impulso de salir corriendo y escribirlo contando como anécdota del día a alguien muy querido, pero de alguna manera incontenible ese vorágine surrealista me seguía envolviendo y no me dejaba escapar. Y allí me quedaba, pensando en lo curioso que es la vida, que te devuelve tus deseos una vez pedidos, cuando menos lo esperas, cuando ya nisiquiera los deseas, cuando nisiquiera te vez en ello, pero lo más importante y lo más bonito de todo esto es lo que te los devuelve siempre, de una u otra manera, basta sólo desearlo en algún momento de tu vida con toda la fuerza del corazón. Y, sinceramente, no sé si mi camino debe dar una vuelta tan radical para que me dedique al teatro, pero lo más importante es que estos días una vez más me hicieron acordar de ese poder que tiene el Universo, sobre lo importante que es soñar. Y es lo que inspira mucho. Y me siento muy agradecida a mi Universo por haberme recordado que los sueños sí se cumplen. Pues a seguir soñando! 

1988, Caperucita Roja :-)
1999, a ver quien me reconoce :-)