El frío otoñal ha llegado sin avisar. Y aquí estamos en
estos días acogedores que invitan a entregarte plenamente a contemplar pensamientos o a aprovechar para darles forma
para que un día por fin puedan llegar a ver la luz, o más bien reposar en una sombra de las realidades a las que finalmente me atreveré a tocar en voz alta. Por más que vaya avanzando en mis esbozos, voy contemplando este proceso místico que es escribir, que requiere un estado, tanto emocional como mental, muy especial y receptivo.
En mis
momentos de estos días me ha hecho una buena compañía un precioso libro “Biografía del Silencio” de un sacerdote y escritor madrileño Pablo d'Ors en el que me he tropezado con una bonita comparación del proceso de meditación con algo que los chinos llaman wu wei lo que significa hacer no haciendo. Podría ser una perfecta definición
de lo que es escribir que casi parece ser un auténtico meditar: “Wu wei consiste en ponerse
en disposición para que algo pueda hacerse por mediación tuya, pero no hacerlo
tú directamente, forzando su arranque, desarrollo o culminación. Lo único
necesario para esa entrega es estar ahí, para captar de este modo lo
que aparezca, sea lo que sea”.
Escribir
requiere un esfuerzo, tiempo y valentía para poder desnudarte ante un esperado y
deseado lector, pero también requiere un enorme atrevimiento para poder aguantar esta mirada
que vas dirigiendo hacia dentro de ti, sumergiéndote en las realidades y
verdades más profundas de tu ser, obligadas a ser rescatadas para dar materia y veracidad
a tus juicos. Tanto tiempo iba a ponerme a escribir lo que hoy día decido sacar a la suferficie, tantas veces iba buscando unos párrafos menos “peligrosos”
para cumplir con el compromiso conmigo misma pero sin caer en los estados que al tratar unos temas de semejante dureza parecen ser inevitables, pero lo dejaba cada vez
nada más que al comenzar. Dicen que es difícil aguantar una mirada firme y directa
del otro, yo diría que lo más difícil es aguantar mirarte a tus propios ojos y
ser sincero contigo mismo, sacar del fondo las realidades que cuesta aceptar. Sigo afrontando momentos en los que se quiere dejar el
bolígrafo, los impulsos de negación y rechazo de hablar lo que preferiría callar,
momentos de la lucha interior provocada por mi positivismo innato que insiste en quitar de mis líneas ese toque decadente que matiza mis
páginas de color de los cielos lluviosos de los días otoñales.
Es curioso que por más que leo a los escritores
decadentes en los que tal vez encuentro una especie del consuelo, más creo comprender la naturaleza de estos estados míos, de estas
transformaciones interiores que voy observando en mí a cada paso. Igual que cualquier
percepción del mundo marcada por la decadencia, toma sus raíces iniciales en la
abundancia y la saciedad, así creo y esas rachas mías (que no sé bien si son
provocadas por las vibraciones del otoño o son algún rasgo característico o costumbre que se me ha quedado de recuerdo de mis tierras) vuelven su mirada hacia aquellas etapas de mi vida en las
que todo se estaba moviendo, al fin y al cabo, entorno de la satifacción de mis
propios deseos y necesidades. Pero como nos suele pasar a todos, incluso en
aquellas etapas despejadas no siempre me conformaba con lo que tenía y con lo
que estaba a mi alcance para disfrutar plenamente, hasta el momento cuando el equilibrio ya se había sido perdido junto con esa estabilidad ilusoria que nos hace pensar que así va a seguir
siendo siempre, hasta cuando de repente, un día, nos despertamos frente a una abrumadora realidad del presente que se distingue radicalmente de lo pasado.
Y es
cuando, sea como sea, acumulando las últimas fuerzas, comenzamos a agarrarnos mentalmente a
lo que ya no está, renunciando aceptar un hecho de que en realidad no todo se
somete a nuestro control. Vivimos nuestras vidas firmamente creyendo en que
todos nuestros esfuerzos se convierten en un sólido
fundamento que nos servirá de una buena garantía de la seguridad en el día
de mañana. Y así seguimos hasta el momento cuando, muy inesperadamente y sin que
nadie nos avisara, ya no tenemos otro remedio que asumir que las circunstancias
a veces pueden llegar a ser más poderosas que nosotros. Y es entonces cuando
viene el miedo, cuando tomamos conciencia de lo que cualquier cosa que
hagamos o consigamos, y por más firme que nos parezca este fundamento que
contruimos para nuestro futuro con tanta persistencia, no existen ningunas garantías
de que una tormenta de las circunstancias vitales no romperá en añicos todo aquello
por lo que hemos luchado, sin dejar ni unos trozos de los que podríamos reconstruir
al menos algo parecido a lo que nuestra vida era.
La literatura nos ofrece múltiples ejemplos
de un tal “héroe decadente” cuya decaída mental toma sus raíces en las
etapas extremadamente hedonistas de su vida, luego se produce un momento crítico
que llega a ser un punto crucial que provoca cambios en su percepción del
mundo. Pero, tal vez, esas tendencias decadentes no es una crisis de un
modo de pensar en sí, como parece a primera vista, sino un modo de pensamiento
que refleja el estado crítico en el que se encuentra el mundo exterior que le rodea. En algún sentido, es un modelo especial de un
mundo interior, un conjunto complejo del espíritu y de los estados de animo, un
conjunto bastante heterogéneo, pero no privado de la unidad
interior, que en fin es nada más que una reacción de autodefensa.
Lo mismo pasa con el decadentismo como un concepto cultural,
un fenómeno universal que se puede desarrollar en algún momento en cualquier
sociedad, en cualquier cultura, todos pueden coger esta enfermedad de la
sobresaturación. Y no se puede prever ni el momento exacto, ni el año, ni una
década... la historia muestra que cualquier fenómeno manifestado en el tiempo en algún u otro momento queda marcado por una estampa de la decadencia. Sus picos siempre suelen
coincidir con los momentos transitorios y son estas etapas frágiles que se convierten en un suelo fértil para los estados de animo decadentes que una vez
penetran en el fondo de un pensamiento, revuelven todo, estipulan su propio
órden y ponen en marcha una profunda revisión de valores. En otras palabras, una
sociedad comienza a sentir necesidad en la decadencia cuando una época ya ha
consumido todas sus posibilidades y la otra todavía no ha nacido, cuando todo lo pasado no se ha destruído por
completo y todo lo nuevo, lo vivo, no se ha creado y no se ha
consolidado aún.
Pués tal vez es una especie de la reacción de
defensa psicológica a un vacío que aparece entre estos dos puntos en una coordenada de la vida? Sabemos que en el fondo de cada
visión decadente está el rechazo de la realidad, aquel famoso rechazo por el que los críticos
tantas veces reprochan a los clásicos más decadentes. Pero, sea como sea, lo más
importante es que en el fondo de este rechazo, a pesar de ser un acto más
destructivo para él que lo genera, no está una protesta como un objetivo
propio, no es un rebelión por rebelíon, sino tal vez nada más que lo trágico de la
percepción hipersensible del mundo de aquel que tarda en digerir (o aceptar) lo absurdo
de la existencia humana. No obstante, todos tendemos a sobrevalorar los sucesos dramáticos cuando no queda otra cosa que convertirlos en algo que supuestamente nos debe llevar a otros niveles de la autoconciencia y la comprensión.
Así son las reflexiones con el sabor a otoño que en estos días soleados como hoy no deja de ser bonito e inspirador...